Vargas Llosa y la derrota de la república ilustrada: 1990 y el país que dejó de reconocer sus propias ideas
- Diego André Meléndez

- 28 mar
- 9 min de lectura
[...] la candidatura de Vargas Llosa en 1990 aparece hoy menos como una simple derrota electoral que como una advertencia histórica. Fue el último intento visible de una tradición republicana que creía que la política debía organizarse alrededor de instituciones, ideas y responsabilidad pública.
El 28 de marzo Mario Vargas Llosa hubiera cumplido noventa años. Es una fecha que invita menos a la celebración literaria de siempre, el Nobel, las novelas, el estilo, que a una pregunta más incómoda: qué fue de aquel hombre que en 1990 intentó gobernar el Perú y lo que ese intento reveló, no solo sobre él, sino sobre el país que lo rechazó.
En la historia política del Perú hay elecciones que cambian gobiernos y otras que cambian épocas. La de 1990 pertenece claramente a la segunda categoría. Aquel enfrentamiento entre Vargas Llosa y Alberto Fujimori no fue simplemente una disputa electoral entre dos candidatos con programas distintos. Fue el momento en que se hizo visible una fractura más profunda: el desencuentro entre una tradición política basada en instituciones, partidos y debate intelectual, y un país que comenzaba a desconfiar radicalmente de las élites que habían administrado la república durante más de un siglo.
En ese momento comenzó a configurarse una nueva forma de hacer política en el Perú, más personalista, más plebiscitaria, más mediática y progresivamente más distante de las instituciones y de los partidos. Fue también el inicio de una larga desazón personal para Vargas Llosa: la del intelectual que descubre que el país que intentó gobernar se ha convertido en algo que ya no reconoce.
El último candidato de la república ilustrada

Vargas Llosa llegó a la política como una figura singular. No era un político profesional, pero tampoco era un outsider en el sentido populista del término. Representaba algo distinto: la convicción de que la política debía ser ejercida por personas con trayectoria intelectual, visión programática y compromiso institucional. En su caso, esa convicción tenía raíces biográficas concretas: había encabezado en 1987 la movilización más importante de la sociedad civil contra la estatización de la banca, y fundado el Movimiento Libertad como respuesta a lo que consideraba el avance del estatismo populista bajo Alan García.
Su propuesta política descansaba sobre tres pilares claros: instituciones fuertes, debate programático y responsabilidad republicana. Pero la campaña revelaría, de manera brutal, la distancia entre ese proyecto y el país real.
Las señales vinieron temprano. A Vargas Llosa se le reprochó su supuesta arrogancia y el hecho de aliarse con partidos tradicionales que ya habían tenido un paso poco exitoso por el poder. La mayoría de su equipo de trabajo era de tez blanca y no se identificaba con sectores indígenas o rurales del país. El FREDEMO, con sus concentraciones masivas y su campaña publicitaria sofisticada, proyectaba una imagen de prosperidad que resultaba incómoda en medio de la crisis económica. La desenfrenada campaña electoral de los candidatos al Parlamento, que saturaron con sus spots y avisos los medios de comunicación, hacía un despliegue de derroche que indudablemente molestó al ciudadano común.
Pero el choque más revelador fue simbólico. En Arequipa, ciudad natal de Vargas Llosa, una caravana del FREDEMO fue recibida con violencia callejera. La imagen del escritor, candidato ilustrado, cosmopolita, Premio Nobel en ciernes, huyendo bajo una lluvia de piedras circuló ampliamente y quedó fijada en la memoria política del país. No era solo hostilidad. Era un mensaje: el modelo que Vargas Llosa encarnaba había dejado de ser legible para amplios sectores de la sociedad peruana.
Los datos electorales confirmaron ese desencuentro con una claridad implacable. A inicios de 1990, las encuestas colocaban a Vargas Llosa con un sólido 46% de intención de voto. En la primera vuelta obtuvo el 32.6% frente al 29.1% de Fujimori. En la segunda, la inversión fue total: Fujimori alcanzó el 62.3% frente al 37.7% del escritor. Quien había liderado las encuestas durante meses ganó la primera vuelta pero perdió la elección por paliza. Fue uno de los colapsos más vertiginosos en la historia electoral latinoamericana.
Ese desencuentro simbólico sería decisivo. El Perú que acudía a votar en 1990 era un país profundamente transformado por las migraciones internas, la expansión de la economía informal y el trauma económico de los años ochenta. Cuando Fujimori asumió el poder, el Perú enfrentaba una inflación anual superior al 7,000%, una de las más altas registradas en América Latina. En ese contexto de colapso, la figura del intelectual ilustrado podía resultar admirable, pero también distante. Fujimori ofrecía algo distinto: no una teoría política compleja, sino una identificación inmediata con el ciudadano común que los partidos tradicionales habían perdido la capacidad de producir.
Discurso populista, gobierno liberal

Durante la campaña electoral, Fujimori construyó su candidatura como una alternativa al programa económico de Vargas Llosa. El escritor defendía un programa liberal relativamente claro, basado en estabilización macroeconómica, apertura comercial, privatizaciones y disciplina fiscal. Fujimori atacó ese programa con fuerza. Criticó lo que llamó el shock económico del FREDEMO y advirtió que tales medidas provocarían un impacto social devastador.
Sin embargo, una vez en el poder ocurrió una paradoja histórica. El gobierno de Fujimori terminó aplicando un paquete de estabilización económica incluso más radical que el propuesto por Vargas Llosa. Las medidas incluyeron liberación de precios, reducción del gasto público, apertura comercial, privatizaciones y reintegración del Perú al sistema financiero internacional. Ese conjunto de reformas, conocido como el Fujishock, permitió estabilizar una economía prácticamente colapsada y redujo la inflación de manera drástica en los años siguientes.
La diferencia estuvo en el marco político. Vargas Llosa proponía aplicar esas reformas dentro de un sistema democrático institucional. Fujimori terminó aplicándolas mediante una creciente concentración de poder que culminaría con el autogolpe de 1992. El Perú aplicó reformas económicas liberales, pero bajo un liderazgo político personalista que las vació de su fundamento institucional.
El colapso del sistema de partidos y la soledad del liberal

El triunfo de Fujimori consolidó una transformación que Vargas Llosa comprendería de manera paulatina y, a veces, dolorosa. El sistema de partidos que había dado sustento a su candidatura se disolvió aceleradamente. El FREDEMO desapareció. El Movimiento Libertad que él fundó se disolvió tres años después. Acción Popular y el PPC sobrevivieron, pero como carcasas de lo que habían sido. Como ha documentado el politólogo Martín Tanaka, el Perú experimentó en los años noventa uno de los colapsos más abruptos de sistemas de partidos en América Latina, un proceso que no encontró equivalente en la región. La política pasó a girar en torno a figuras individuales, no a proyectos colectivos.
El antropólogo Carlos Iván Degregori describió ese fenómeno como la irrupción de una "década de antipolítica", caracterizada por la pérdida de confianza en los partidos tradicionales y por un régimen que negó la esencia misma de la política, el logro de acuerdos, para privilegiar el ejercicio déspota del poder. En ese vacío, Vargas Llosa quedó como un liberal sin sistema de partidos que lo sostuviera: un hombre con una visión clara de lo que debía ser la política en un país que había decidido que esa visión era un lujo que no podía permitirse.
Lo revelador es lo que Vargas Llosa hizo desde ese vacío. Convertido en observador y árbitro moral de la política peruana desde Europa, sus posicionamientos electorales trazaron una trayectoria que sus propios admiradores encontraron a veces desconcertante: en 2001 respaldó a Toledo frente a García; en 2006 apoyó a García y criticó duramente a Humala; en 2011 respaldó a Humala cuando este se enfrentó a Keiko Fujimori, escribiendo en El País: "Sin alegría, con muchos temores, yo voy a votar por Humala". En 2016 apoyó a Pedro Pablo Kuczynski, que terminaría renunciando por corrupción. Y en 2021, el arco se cerró de manera que pocos hubieran imaginado: Vargas Llosa respaldó a Keiko Fujimori frente a Pedro Castillo, señalando que no se trataba de una elección personal sino de evitar que la democracia cayera en el totalitarismo.
La lógica de cada decisión era, en cada caso, defensiva. No votar por el candidato preferido, sino contra el peor escenario. Es la lógica del mal menor, que Vargas Llosa aplicó sistemáticamente y que es, en el fondo, la lógica de alguien que ya no reconoce en ninguna opción el proyecto institucional que alguna vez intentó encarnar.
El día que el Perú dejó de confiar en la política ilustrada
La elección de 1990 puede entenderse también como un cambio cultural profundo. Durante buena parte de la historia republicana existió en el Perú una convicción implícita: gobernar implicaba preparación, debate intelectual y responsabilidad institucional. La política ilustrada no era necesariamente elitista en el sentido social, pero sí suponía que la conducción del Estado requería formación, deliberación y visión de largo plazo.
La elección de 1990 fue, en el fondo, un choque entre dos formas de legitimidad política: la legitimidad ilustrada basada en ideas y debate público, frente a una legitimidad plebiscitaria basada en la identificación directa entre líder y ciudadanía. La segunda terminó imponiéndose, y con ella se impuso también una forma de hacer política donde la coherencia programática vale menos que la cercanía emocional con el votante.
La desazón de los últimos años: votar contra uno mismo
Hay algo profundamente trágico en el itinerario político de Vargas Llosa posterior a 1990. No la tragedia del que fracasa por debilidad, sino la del que fracasa por fidelidad. Fidelidad a una idea de la política que el país que intentó gobernar había dejado atrás.
Con los años esa fidelidad produjo una imagen cada vez más incómoda: la de un hombre que elección tras elección apoyaba candidatos que en circunstancias normales habría rechazado. No elegía; descartaba. No construía; intentaba contener. Y en ese repliegue permanente terminó avalando, con su nombre y su autoridad moral, opciones que no compartían los principios que él defendía.
El caso más dramático fue 2021. Vargas Llosa, quien había declarado públicamente que no respaldaría jamás a Keiko Fujimori y a quien años antes había descrito como heredera de una de las dictaduras más corruptas que el Perú había conocido, terminó convocando al voto por ella desde las páginas de El País, bajo el título "Asomándose al abismo". Su argumento era coherente en sus propios términos: Castillo representaba el riesgo de un cierre autoritario del sistema, y ante eso cualquier alternativa democrática, por imperfecta que fuera, merecía apoyo. Pero el costo de ese argumento era inmenso: significaba reconocer que el sistema político peruano había llegado a un punto en que hasta el nombre de Fujimori podía usarse como escudo de la democracia.
Vargas Llosa reconoció la limpieza del proceso una vez conocidos los resultados, aunque expresó con amargura su desacuerdo con el voto ciudadano. Fue el último episodio de una larga serie de derrotas políticas que no lo doblegaron, pero que sí lo desgastaron de una manera que sus novelas quizás anticipaban mejor que sus columnas de opinión.
Hay en todo esto algo que su literatura había advertido con una lucidez inquietante. El Perú que aparece en Conversación en La Catedral, en Historia de Mayta o en Lituma en los Andes es un país donde las ideologías se corrompen, los proyectos se descomponen y los idealismos terminan aplastados por fuerzas más antiguas y más resistentes que cualquier programa político. Durante décadas Vargas Llosa escribió sobre el fracaso de las utopías peruanas. Luego entró en la política como si esa obra no lo hubiera advertido del desenlace posible. En ese sentido, como muchos de sus propios personajes, terminó atrapado entre un ideal claro y una realidad que parecía empeñada en negarlo: alguien que intenta imponer un orden racional en un mundo que se resiste obstinadamente a ser ordenado.
La paradoja peruana
Tres décadas después, el Perú sigue viviendo bajo las consecuencias de aquella ruptura. El país logró estabilizar su economía, pero nunca reconstruyó plenamente su arquitectura política. Como ha señalado Alfonso Quiroz, la corrupción ha sido una constante estructural en la historia republicana peruana, arraigada en las instituciones desde el periodo colonial y recrudecida en cada ciclo de concentración de poder. El Fujishock estabilizó la economía, pero no las instituciones, y esa asimetría define hasta hoy el paisaje político del país. Los partidos siguen siendo frágiles, los liderazgos efímeros y las crisis institucionales recurrentes.
En ese escenario, la candidatura de Vargas Llosa en 1990 aparece hoy menos como una simple derrota electoral que como una advertencia histórica. Fue el último intento visible de una tradición republicana que creía que la política debía organizarse alrededor de instituciones, ideas y responsabilidad pública.
El Perú decidió seguir otro camino.
Tres décadas después, el país sigue intentando reconstruir una arquitectura política que nunca terminó de reemplazar la que dejó caer.
Quizás por eso la derrota de Vargas Llosa en 1990 se parece cada vez menos a un episodio electoral y cada vez más a una escena literaria: el momento en que un hombre llega con una idea clara de lo que debe ser el país y descubre, demasiado tarde, que el país ya estaba viviendo en otra historia.
Mario Vargas Llosa murió en abril de 2024 como uno de los escritores más importantes que ha dado la lengua española en el último siglo. Su obra literaria no necesita defensa ni matices: es uno de los monumentos más firmes de la narrativa latinoamericana. Su trayectoria política, en cambio, fue más difícil de clasificar: la de un hombre que creyó sinceramente en la posibilidad de una república mejor, que pagó un precio personal considerable por sostener esa convicción y que nunca terminó de reconciliarse con un país que prefirió seguir otro camino. Reconocer esa complejidad no disminuye su figura. Es, quizás, la forma más justa de recordarlo.
Referencias
Cotler, J. Clases, Estado y nación en el Perú. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.
Degregori, C. I. La década de la antipolítica: auge y huida de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 2000.
Quiroz, A. W. Historia de la corrupción en el Perú. Lima: Instituto de Estudios Peruanos / Instituto de Defensa Legal, 2013.
Tanaka, M. Los espejismos de la democracia: el colapso del sistema de partidos en el Perú, 1980-1995, en perspectiva comparada. Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 1998.
Tanaka, M. Democracia sin partidos. Perú, 2000-2005. Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 2005.
Vargas Llosa, M. El pez en el agua. Barcelona: Seix Barral, 1993.


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