De la habilidad política a la política sin habilidad: El ejemplo de Pizarro y el errante actuar de los políticos peruanos en la actualidad
- César Alcalá

- 19 ene 2025
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Francisco Pizarro, conquistador español y fundador de la llamada “Ciudad de los reyes”, Lima, en 1535, consolidó su victoria ante el imperio incaico sirviéndose de distintos factores. Por un lado, se benefició del profundo resentimiento de las comunidades indígenas situadas en la periferia del incanato que, durante mucho tiempo, fueron oprimidas por este mismo. Por otro lado, la superioridad tecnológica era evidente, pues las unidades españolas contaban con caballería, arcabuces y armas de hierro, mientras que el ejército incaico, mayoritariamente, contaba con armas de melé de menor complejidad y armas a distancia de menor potencia. Además, la llegada de los españoles trajo consigo nuevas enfermedades para los incas que, por ser completamente nuevas, se vieron vulnerables ante estas. Incluso, la percepción que tuvieron los incas sobre el presunto trasfondo divino de la llegada de los españoles trajo consigo un impacto psicológico hacia ellos. Sin embargo, la anexión de todos estos factores no sería suficiente para explicar cómo apenas ciento sesenta y ocho hombres pudieron conquistar un imperio de millones de habitantes. Por ello, en este artículo se explicará, en primer lugar, cómo, pese a la desventaja numérica y otros contratiempos, la habilidad política de Pizarro fue suficiente para compensar dichos problemas y usar las externalidades a su favor. Ello para que, en una segunda instancia, se compare dicha habilidad con la forma actual de hacer política en el Perú y su clara involución respecto al pasado.
En primer lugar, respecto al descontento de otros pueblos cercanos o conquistados por el incaico, cabe resaltar que, si bien estaba presente desde antes de la llegada de los españoles, las posturas en torno a cómo materializar dicho descontento estaban dispersas y desligadas. En segundo lugar, sobre la superioridad tecnológica, a simple vista podría parecer determinante si se piensa en un combate uno a uno y de terreno abierto y llano. Empero, en este caso, la utilidad que podrían tener los caballos españoles se vería limitada por el terreno accidentado de la sierra. A su vez, el alcance de armas de fuego como el arcabuz era muy limitado. Por lo que se podría contrarrestar fácilmente con la altura o con suficientes honderos. En tercer lugar, sobre las enfermedades y la concepción divina de los incas hacia la llegada de los españoles, se debe enfatizar en que el objetivo de Pizarro no era arrasar con el pueblo inca y generar un genocidio; por el contrario, su intención era consolidar un reino y, para ello, era importante contar con población. Por ello, resultaría inverosímil pensar que Pizarro tenía como opción esperar a que las enfermedades se esparzan por todo el incanato para recién actuar. Es con la estrategia de Pizarro que se logra concertar, unificar y poner el terreno local de Atahualpa en contra suya. A través de intercambios, sacrificio de peones y diversas prácticas, Pizarro logró compensar su inferioridad numérica con la división del Tahuantinsuyo. Y con mayor razón si supo utilizar, también, la guerra civil entre Huáscar y Atahualpa para su beneficio.
Con todo ello, se puede afirmar contundentemente que el hilo conductor de todos estos aspectos fue la estrategia política de Pizarro. Sin ello, la conquista, seguramente, hubiese sido mucho más problemática para los españoles e, incluso, hubiese estado al borde del fracaso. No obstante, es importante resaltar que la habilidad política no se refiere a la época, sino a saber jugar de acuerdo al contexto que a uno se le presenta, sea este favorable o no. A su vez, también es importante tomar en cuenta que el juicio moral al que deben someterse dichas estrategias políticas debe corresponderse con su respectivo espacio-tiempo histórico. En ese sentido, cabe aclarar que reconocer la habilidad política de Pizarro no implica justificar los abusos o excesos derivados de la conquista; en otras palabras, la intención es comprender antes que atacar.
Posterior a la figura de Pizarro, en el Perú han transitado otras personalidades de gran habilidad política, tales como San Martín, Simón Bolívar, Ramón Castilla, Nicolás de Piérola, Augusto B. Leguía, Víctor Raúl Haya de la Torre, Fernando Belaúnde y Alan García. Lamentablemente, en la actualidad, no se encuentra ningún personaje tan siquiera cercano a producir estrategias similares a casos como los mencionados.
Tomando como ejemplo el caso de Pizarro, presidentes como Humala, PPK, Vizcarra o Castillo desperdiciaron por completo la oportunidad de utilizar a su favor el descontento hacia sus adversarios y, lejos de formar alianzas para derrotarlos con un buen gobierno, se enquistaron en el corto plazo y concentraron su atención en el enfrentamiento directo, haciendo que sus estrategias fracasen por su rápida caducidad. Por otra parte, la paciencia que tuvo Pizarro en la conquista no es, tampoco, virtud común en la actualidad; por el contrario, errores garrafales como el intento de cierre del Congreso de parte de Pedro Castillo en 2022 se dieron, justamente, por falta de paciencia, puesto que, si Castillo no se hubiese precipitado y desesperado por las declaraciones de su exasesor Salatiel Marrufo, probablemente hubiese permanecido en el poder. Incluso, el aprovechar externalidades es una evidente carencia de los principales políticos peruanos de los últimos años, tanto a nivel nacional, regional, distrital o universitaria. Por ejemplo, en el caso del gobierno de Humala, pese a que el gobierno de Toledo y, sobre todo, la segunda gestión de García, dieron el ejemplo aprovechando el boom mineral y la expansión de nuevas potencias como China para acelerar la economía peruana, el exmilitar ignoró por completo dicha ventaja en un intento de consagrarse con sectores antimineros y buscar respaldo de algunas izquierdas; todo ello para que, en su último año de gobierno, se le soltara la mano desde todos los sectores. Otro caso evidente es el de la popularización de figuras como Javier Milei o Nayib Bukele, políticos que, pese a las reservas de algunos bandos políticos, han sido eficientes en cumplir sus principales objetivos. El primero, a pesar de las críticas hacia su persona, logró estabilizar los índices macroeconómicos de Argentina e impedir una nueva hiperinflación en su país. Mientras que el segundo, aunque con algunas críticas por la dureza de sus medidas, logró garantizar la seguridad de los ciudadanos de El Salvador y reprimir la delincuencia desbordada. Estas dos externalidades podrían servir de ejemplo para tomar medidas similares en el Perú, pues la delincuencia actual también se encuentra desbordada y la economía, pese a que no se encuentra con la gravedad de la situación argentina, sí presenta un profundo déficit fiscal. Sin embargo, el actual gobierno de Dina Boluarte carece de absoluta habilidad política para aprovechar estas externalidades y, lejos de tomarlas como guía, las ignora por completo.
En conclusión, si bien las virtudes políticas de Pizarro se han podido observar en más de una figura política en el Perú, en la actualidad, los principales políticos peruanos poseen virtudes diametralmente opuestas. En casos como Fujimori, que supo alejarse de un entorno izquierdizado y replicar el modelo económico promovido por el Consenso de Washington; como García, que supo aprovechar la externalidad de la injerencia del chavismo en Sudamérica para obtener la victoria en las elecciones del 2006; o como Belaúnde, que, al cesar la dictadura velasquista de los setentas, tuvo paciencia y no participó en las elecciones de la Asamblea Constituyente para presentarse como la verdadera oposición en 1980, la habilidad política, cuanto menos y pese a las antipatías, innegablemente está presente. Sin embargo, desde fines de la década pasada hasta la actualidad, la política peruana parece no tener ni la más mínima habilidad. Una verdad que, quizás, podría suplirse si se repasa un poco mejor la historia del Perú. No para replicar con exactitud la estrategia de Pizarro, sino para comprender y adaptar esos principios a la actual forma de hacer política.
Referencia Bibliográfica:
García, A. (2022). Pizarro, el rey de la baraja. Planeta.





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