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María Corina Machado, Edmundo González y el dilema electoral: ¿Una estrategia diferente o más de lo mismo?

  • Foto del escritor: Lorena Saavedra Sáenz
    Lorena Saavedra Sáenz
  • 2 feb 2025
  • 4 Min. de lectura

Un verdadero líder político se caracteriza por anticiparse a escenarios adversos y diseñar estrategias. En el caso de María Corina Machado y Edmundo González, surge la siguiente interrogante crucial: ¿el enfoque que han tomado rompe con los métodos tradicionales de la oposición venezolana o perpetúa tácticas ineficaces frente al chavismo? La respuesta corta es que la estrategia de ambos políticos, al participar en elecciones fraudulentas con resultados predecibles, sigue el mismo derrotero trazado por líderes opositores anteriores y tendrá un desenlace ya conocido. Así, terminan replicando prácticas que solo generan falsas esperanzas en la población, harta de la situación que les aqueja desde hace décadas.


Esto debido a que el chavismo ha convertido las elecciones en un mecanismo para perpetuarse en el poder mediante prácticas irregulares. Las elecciones presidenciales de 2024 no fueron la excepción: el régimen controló el CNE, inhabilitó a opositores, recurrió a arrestos arbitrarios, intimidó votantes y manipuló los resultados, como expusimos. Ante este panorama de dictadura flagrante, Machado publicó actas electorales en una plataforma digital para evidenciar que Edmundo González Urrutia fue el verdadero ganador. Más allá de denunciar lo obvio, se buscaba presionar al régimen para que aceptara la derrota.


Esta estrategia de recurrir al proceso electoral para enfrentar al chavismo refleja un patrón conocido en la oposición del país analizado. Líderes como Manuel Rosales en 2006 o Henrique Capriles en 2013 también compitieron en elecciones controladas por el oficialismo. Estos intentos no solo fracasaron, sino que legitimaron un proceso electoral manipulado, cumpliendo, al final del día, los objetivos del régimen.


El principal problema de Machado y González radica en su estrategia, que, aunque diferente en apariencia, no escapa a la lógica del sistema que busca combatir en el fondo. Participar en elecciones sin condiciones de transparencia perpetúa la legitimación del régimen y alimenta una falsa esperanza de la utopía de un cambio por la vía electoral. Los resultados del 28 de julio ilustran esta dinámica, dejando a los venezolanos con desilusión al evidenciar otro fraude electoral y que la situación real de Venezuela siga siendo la misma al final del día.


Tras la inhabilitación de Machado, la oposición designó a González como su candidato para las elecciones presidenciales, en las que obtuvo la victoria con la mayoría de los votos. Aunque inicialmente afirmó que lucharía junto a los venezolanos para defender los resultados y que estaría presente el día de su supuesta investidura, terminó pactando se exilió en España y nuca asistió al susodicho evento, aunque comprensible, con esto solo reforzó la tesis central de estas líneas. Esta estrategia del régimen, centrada en presionar y coaccionar a los líderes opositores hasta obligarlos al exilio, debilita gravemente la resistencia interna. Casos similares ocurrieron con los políticos Juan Guaidó y Leopoldo López, cuyas decisiones de abandonar el país fueron percibidas por muchos venezolanos como una falta de compromiso y liderazgo.


La comunidad internacional tampoco ha ejercido la presión suficiente sobre la dictadura de Nicolás Maduro. Estados Unidos, bajo la administración de Joe Biden, liberó a los sobrinos de Maduro y alivió sanciones económicas a cambio de promesas incumplidas sobre elecciones libres y el suministro de petróleo. A pesar de que Biden respaldó a Edmundo González, incluso recibiéndolo en la Casa Blanca, no restableció por completo las sanciones, lo que permitió a Maduro consolidar aún más su poder. La situación se complica aún más con la presidencia de Donald Trump, cuyo equipo ha mostrado disposición a colaborar con el régimen de Maduro. Al mismo tiempo, varios países de la izquierda latinoamericana, como Colombia, México, Brasil, Honduras y Bolivia, han mantenido un silencio preocupante ante las violaciones de derechos humanos perpetradas por el régimen, y se han negado a reconocer a González como presidente legítimo.

 

Aunque González, en su rol de presidente electo de Venezuela, ha visitado diversos países en busca de apoyo internacional —como ocurrió en Perú, donde fue recibido por la presidenta Dina Boluarte y se le otorgó la Orden del Sol—, estos gestos simbólicos no cambiarán la situación política en Venezuela. En este sombrío contexto internacional, figuras como González y María Corina Machado continúan siguiendo la misma estrategia fallida que ha generado más falsas expectativas entre los venezolanos. Con declaraciones como "Tomó tiempo ganar, ahora toca cobrar" o "Esta lucha es hasta el final", han alimentado ilusiones en un sector de la población que, de manera ingenua, sigue confiando en un liderazgo que les vende promesas vacías.

 

Sin ofrecer garantías ni mecanismos efectivos para respaldar la voluntad electoral, Machado, incentivó, el día 10 de enero, a la ciudadanía a protestar, incluso acompañados de niños y ancianos, exponiéndolos al riesgo de secuestros y asesinatos por parte del régimen, como ha ocurrido en las movilizaciones de años pasados. Esto desembocó en su propio secuestro y su posterior liberación. Finalmente ella dio un mensaje explicando la situación que, una vez más, deja a Venezuela en el limbo y desilusión de siempre y este escenario se consolidó con la, ya sabida y predecible, enésima posesión de mando de Maduro en el Palacio de Miraflores. 


En conclusión, Machado y Gonzáles apuestan por la vía electoral, una estrategia previamente utilizada y que ha demostrado ser ineficaz frente a un régimen dictatorial que controla tanto el proceso como los resultados electorales desde hace quinquenios, además de ejercer un poder coercitivo para imponer su voluntad. Esta fracasada estrategia culminó, como era previsible, el 28 de julio de 2024, cuando el régimen chavista volvió a robarse las elecciones venezolanas, y se reafirmó el pasado 10 de enero de 2025, cuando Nicolás Maduro se continuó perpetuando por tercera vez consecutiva en el poder. Esto evidencia la dificultad de una transición democrática en un contexto donde las reglas están manipuladas en favor del régimen, frustrando las expectativas de cambio político y en las que urge buscar alternativas reales, concretas y efectivas para acabar de una vez por todas con la dictadura chavista.

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