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Más allá del embarazo: el verdadero rostro de la violencia infantil

Foto del escritor: Luciana Antonio
Luciana Antonio
26 may
8 min de lectura


"Defender la vida que está por nacer no debería significar ignorar las realidades difíciles que muchas mujeres enfrentan ni las condiciones en que se formó dicha vida, por el contrario, implica mirarlas de frente: la pobreza, la falta de apoyo, la violencia, el abandono y otras causales involucradas; porque una sociedad que de verdad quiere avanzar no elige quién debe vivir y quién no, sino que procura generar las condiciones necesarias para que ambas vidas sean protegidas y valoradas íntegramente."


Cuando hablamos de violencia en la infancia nos vamos adentrando en una de las realidades más dolorosas y silenciadas de la sociedad: niñas y niños que crecen atravesados por el abuso, el miedo y la ausencia de protección. En el marco de debates cada vez más polarizados muchas veces acabamos argumentando sobre una de las consecuencias del problema, obviando aquello que debe escandalizarnos más: la perpetuación de la violencia y la destrucción de la infancia desde sus mismas raíces.


Cuando una niña víctima de abuso queda embarazada el foco público de atención focaliza instantáneamente en el embarazo y nada más, sin embargo, antes de esta consecuencia existió una historia de violencia, de vulnerabilidad, de silencio e impunidad que en muchas ocasiones ha pasado desapercibida durante años. Por tanto, más allá de los encuentros de posiciones irreconciliables lo que verdaderamente debe determinar el debate debe llevarnos a una pregunta de fondo: ¿qué tan comprometida está verdaderamente una sociedad en proteger la vida, la dignidad, la integridad de las niñas y niños cuando se encuentran en la condición más vulnerable de la vida?


La ciencia ha avanzado lo suficiente como para mostrarnos que, desde etapas muy tempranas, el desarrollo humano es un proceso continuo, sorprendente, único y complejo. De acuerdo con la embriología moderna, desde la fecundación se forma un nuevo organismo humano con identidad genética propia, distinto al de la madre, que inicia un desarrollo autónomo, coordinado y progresivo (Sadler, 2019). No se trata de algo abstracto ni de una simple posibilidad, sino de una realidad biológica concreta que marca el inicio de una nueva vida humana en desarrollo. Pero más allá de lo científico, está lo humano: la capacidad de reconocer dignidad incluso cuando no hay voz ni rostro visible, solo la mera existencia.


Defender la vida que está por nacer no debería significar ignorar las realidades difíciles que muchas mujeres enfrentan ni las condiciones en que se formó dicha vida, por el contrario, implica mirarlas de frente: la pobreza, la falta de apoyo, la violencia, el abandono y otras causales involucradas; porque una sociedad que de verdad quiere avanzar no elige quién debe vivir y quién no, sino que procura generar las condiciones necesarias para que ambas vidas sean protegidas y valoradas íntegramente.


Pero ¿cuál es el debate que se resalta en este día? La respuesta es clara: el aborto, principalmente la despenalización de este en casos de violación, donde se plantea muchas veces como una ecuación: un violador, una víctima y un embarazo, donde la solución esperada suele ser el aborto. Incorporar la violación como causal dentro del aborto terapéutico suele presentarse como el mejor acto de justicia y solidaridad hacia la víctima, sin embargo, cabe preguntarse: ¿es realmente esta la única salida que aliviará el trauma de la niña? ¿Permitir que continúe con el embarazo es necesariamente la peor decisión? ¿Dónde está el mayor peligro: en el embarazo o en el agresor que permanece impune?


De acuerdo con la Defensoría del Pueblo (s. f.), se registraron más de 46 000 denuncias de violencia contra niñas, niños y adolescentes en el Perú en un periodo reciente, lo que evidencia que estamos frente a una problemática estructural. Dentro de estas cifras, la violencia sexual representa una parte significativa, lo que demuestra que el embarazo no es el problema en sí, sino una de las múltiples consecuencias de una realidad mucho más compleja.


En contextos de abuso infantil (marcados por la asimetría de poder, la dependencia emocional y el silencio prolongado) distintos análisis advierten que el aborto puede convertirse en un espacio de presión continua hacia la víctima, no solo por parte del entorno, sino incluso del propio agresor, que podría buscar eliminar con este acto una evidencia del delito. Seamos honestos, en muchos casos, el embarazo es lo que permite y permitió descubrir años de abuso que, de otro modo, habrían permanecido ocultos, y si, digo años, porque para que una niña se embarace tiene que llegarle su primera regla y eso suele suceder en promedio entre los 10 a 15 años lo que significa que para que una niña de 7 años quede embarazada, este ciclo de abusos tendría que repetirse como mínimo por 3 años lo cual claramente es cruel de tan solo pensar en el infierno que debe sufrir la victima ese tiempo.


En este contexto, centrar la respuesta únicamente en el aborto puede dejar de lado necesidades fundamentales de la víctima, tal como señala Pereda (2011), las víctimas de abuso sexual infantil requieren redes de apoyo sólidas, acompañamiento psicológico constante y entornos seguros que les permitan reconstruirse emocionalmente. La ausencia de estos factores puede agravar el impacto del trauma y prolongar sus efectos a lo largo del tiempo puesto que las consecuencias del abuso sexual infantil han sido ampliamente documentadas. Según Real-López et al. (2023), quienes han sufrido este tipo de violencia presentan mayor probabilidad de desarrollar depresión, ansiedad, trastorno de estrés postraumático, dificultades en las relaciones interpersonales y problemas de autoestima, efectos que pueden mantenerse incluso en la vida adulta si no existe una intervención adecuada.


Con todo esto tampoco quiero intentar romantizar una situación dolorosa, puesto que nadie puede afirmar que un embarazo producto de una violación sea algo positivo para la víctima, claramente nadie en su sano juicio quisiera que una niña quede embarazada y sea madre, pero tampoco es justo cargar sobre el niño por nacer el peso del delito cometido por su padre, ese bebé no tiene responsabilidad alguna y no debería ser objeto de rechazo o deshumanización.


Quienes promueven el aborto en estos casos no pueden afirmar que este acto elimine el impacto psicológico del abuso; el trauma causado por la violencia sexual no desaparece con ponerle fin a la vida del niño por nacer, en algunos casos, incluso puede profundizarse el problema a nivel emocional y psicológico en la victima. López De La Cruz (2024) identifica que adolescentes que atravesaron esta experiencia pueden presentar sentimientos de culpa, tristeza persistente y conflictos psicológicos asociados al evento vivido. Esto evidencia que la interrupción del embarazo no elimina el trauma, ya que este tiene su origen en la violencia sufrida.


Por otro lado, comprender este fenómeno también implica analizar sus causas. La investigación de Lim et al. (2021) señala que muchos agresores sexuales de menores comparten antecedentes de haber crecido en entornos marcados por la violencia o el abuso, lo que evidencia la existencia de ciclos que, si no se rompen a tiempo, tienden a repetirse. Y en la misma línea, Álvarez et al. (s. f.) exploran cómo los antecedentes de crianza y experiencias de abuso infantil pueden influir en el desarrollo emocional y conductual de las personas, reforzando la importancia de la prevención temprana. Es por ello que, al verlo desde una mirada más humana, entenderemos que detrás de cada agresor hubo, muchas veces, un niño que también fue víctima, un niño que no fue protegido, que fue silenciado y que terminó lamentablemente reproduciendo la violencia que vivió. Esta realidad nos obliga a mirar el problema con mayor profundidad.


Dentro de las alternativas de protección, los espacios de acogida temporal cumplen un rol importante, especialmente cuando el agresor forma parte del entorno cercano. Como ejemplo quisiera mencionar el caso tan polémico del Centro de Acogida Residencial (CAR) Hogar Refugio “La Casa del Padre”, dirigido por la familia de la congresista y pastora evangélica Milagros Jáuregui, sobre el cual las opiniones en contra recibidas en algunos casos me parecen irónicas porque por un lado el sector a favor del aborto suele decir a sus opositores que solo les preocupa el bebé pero no la niña violada, y este centro dirigido por personas PRO VIDAS pues demuestra que no solo nos preocupamos por el bebé en camino sino también por las niñas que son sus madres pero resulta que no que ahora eso está mal, ¿Qué quieren entonces pregunto yo? Que se acoja a la niña para hacer que aborte, lo cual es ilegal, ¿y luego devolverla a su casa para que el depredador la siga violentando?


Además lo verdaderamente relevante en este tema es ver que dichas niñas acogidas reciban el apoyo que merecen y vivan disfrutando de excelentes condiciones para su vida y la de su hijo porque es lo mínimo que merecen luego de atravesar un suceso tan devastador, no solo en el centro fundado por dicha congresista sino también en todos los albergues que reciben a niños porque cada niño y en si cada persona que es rescatada merece que, el lugar donde está cumpla con todos los requisitos para su correcto cuidado y atención ya que cada mínimo detalle de incumplimiento o deficiencia sobre todo en las víctimas de violación las pone en grave riesgo, como señala Tuesta (2026).


La realidad es que estamos frente a un problema complejo que no admite soluciones simplistas ni respuestas inmediatas, no se trata de elegir entre dos posturas opuestas, a ver cuál gana y ya, sino de comprender la magnitud de una problemática que involucra violencia, abandono, impunidad y profundas fallas en los sistemas de protección. El embarazo, en estos casos, no es el origen del problema, sino una de sus consecuencias más visibles y como sociedad, debemos asumir una responsabilidad mucho más grande que la de debatir una sola medida. Nos corresponde garantizar entornos seguros para la infancia, fortalecer los mecanismos de denuncia, asegurar atención psicológica e integral oportuna y, sobre todo, actuar con firmeza frente a los agresores. No basta con reaccionar ante las consecuencias; es necesario prevenir, intervenir y proteger de manera real y efectiva.


El mundo no es perfecto, y nadie desea que una niña sea madre producto de una violación, esa es una realidad dolorosa que interpela profundamente a cualquier sociedad; sin embargo, tampoco deberíamos aceptar soluciones que, lejos de abordar el origen del problema, se limitan a intervenir en una de sus consecuencias. El sufrimiento de una víctima no se soluciona ignorando las causas que lo generaron.


Defender la vida en sus etapas más vulnerables no es una postura aislada, sino un compromiso integral con la dignidad humana, el cual implica proteger a la víctima, acompañarla en su proceso y asegurar que nunca más tenga que enfrentar sola una situación de violencia. Pero también implica reconocer que ninguna vida debería ser sacrificada como parte de una solución frente al daño causado por otra.


Una sociedad que realmente busca justicia no responde al dolor con más pérdida, sino con acciones concretas que garanticen protección, reparación y dignidad para todos; solo así podremos avanzar hacia una realidad donde la violencia no sea una constante y donde cada vida, sin excepción, sea verdaderamente valorada.



REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:


Álvarez, N., Aranda, T. C., Fernández, C., & Alarcón, R. (s. f.). Relación entre la historia de la paternidad, el abuso infantil y la orientación sexual. Sidastudi.https://salutsexual.sidastudi.org/resources/inmagic-img/DD66101.pdf


Defensoría del Pueblo. (s. f.). Se registraron más de 46 000 denuncias de violencia contra niñas, niños y adolescentes.https://www.defensoria.gob.pe/defensoria-del-pueblo-se-registran-mas-de-46-000-denuncias-de-violencia-contra-ninas-ninos-y-adolescentes/


Lim, Y. Y., Wahab, S., Kumar, J., Ibrahim, F., & Kamaluddin, M. R. (2021). Tipologías y perfiles psicológicos de abusadores sexuales de menores: una revisión exhaustiva. Children, 8(5), 333.https://doi.org/10.3390/children8050333

López De La Cruz, Y. (2024). Consecuencias físicas y psicológicas post aborto inducido en adolescentes atendidas en el Hospital de San Francisco, Ayna, Ayacucho [Tesis de licenciatura, Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga].https://repositorio.unsch.edu.pe/handle/20.500.14612/7291


Pereda, N. (2011). La importancia del apoyo social en la intervención con víctimas de abuso sexual infantil: una revisión teórica. Revista de Psiquiatría Infanto-Juvenil, 28(4), 44–53.https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=7816697


Real-López, M., Peraire, M., Ramos-Vidal, C., Llorca, G., Julián, M., & Pereda, N. (2023). Abuso sexual infantil y consecuencias psicopatológicas en la vida adulta. Revista de Psiquiatría Infanto-Juvenil, 40(1), 13–30.https://doi.org/10.31766/revpsij.v40n1a3


Tuesta, P. (2026, febrero 14). La Casa del Padre y las fallas en los centros que deben proteger a las niñas víctimas de violencia. Salud con lupa.https://saludconlupa.com/genero/la-casa-del-padre-y-las-fallas-en-los-centros-que-deben-proteger-a-nias-vctimas-de-violencia/


Sadler, T. W. (2019). Langman. Embriología médica (14.ª ed.). Wolters Kluwer.

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